RODAS LA HIJA DEL SOL


—¿Isócrates de... Camiro? ¿No eres rodio?
El se esforzó por sonreír. Lo correcto habría sido presentarse como «Isócrates, hijo de Critágoras», y no por su pueblo natal... pero prefería no mencionar a su padre.
—Camiro es rodia, señora. Es una de las tres ciudades que se unieron para formar el pueblo de Rodas.
—Ah, sí, por supuesto: Lindos, Ialisos y Camiro, los hijos del amado ninfo Rodos. Ya lo sabía, sólo que... Señor, has dicho antes que me llevarías a casa pero, cuando mi barco fue abordado, yo iba rumbo a Alejandría. Necesito llegar allí lo antes posible. ¿Sería posible que siguiese mi viaje?
Isócrates se encogió de hombros. —Eso depende del capitán de tu barco... y de sus armadores, y de cómo hayas concertado tu pasaje. Ella puso mala cara. —¿De sus armadores?



EL CABALLERO DEL TEMPLO


Jaime de Castelnou tuvo la impresión de que la visita de aquellos hombres algo tenía que ver con él.
El conde de Ampurias saludó a los dos caballeros de blanco, que descendieron de sus monturas con agilidad. No eran jóvenes, pero tampoco tan mayores como le habían parecido en la primera impresión, al verlos tan altivos, con sus largas barbas y su porte solemne.
— ¡Jaime! —el conde llamó a su ahijado y con un gesto de la mano le indicó que se aproximara.
—Mi señor... —el joven se acercó confuso.
—Te presento a Raimundo Sa Guardia, caballero del Temple, de la encomienda de Mas Deu, y a su compañero Guillem de Perelló.
Los dos templarios saludaron a Jaime con una ligera inclinación de cabeza, pero observándolo a la vez como quien mira a un insecto sin otro interés que el que despierta su zumbido.


HARALD EL VIKINGO


—¿Cómo podrá ser eso?—preguntó Rulav—. Olav es el hijo legítimo del rey, el que reinará cuando expulsemos al invasor danés.
—Olav morirá tras un largo reinado y será declarado santo por Justus, el obispo cristiano. Tras él vendrá su hijo Magnus, de reinado breve.
—¿Cómo sabrá Justus que mi hijo es hermanastro de Olav, hijo natural del rey Harald? —quiso saber Solvej.
—Por los tatuajes que ahora le grabaré detrás de las orejas y que tú le mostrarás a su regreso. Son los cuervos sagrados que, lo mismo que aconsejaron a Tor desde su nacimiento, le indicarán el camino a seguir en las encrucijadas que hallará a su paso.
Tras lograr la aquiescencia de su madre, Sigrid adormeció al pequeño aplicándole en la nariz una esponja marina empapada en misterioso líquido. Luego, utilizando una fina aguja de asta de alce, le grabó tras el pabellón de las orejas sendos cuervos negros con el pico amarillo.