Jaime de Castelnou tuvo la impresión de que la visita de aquellos hombres algo tenía que ver con él.
El conde de Ampurias saludó a los dos caballeros de blanco, que descendieron de sus monturas con agilidad. No eran jóvenes, pero tampoco tan mayores como le habían parecido en la primera impresión, al verlos tan altivos, con sus largas barbas y su porte solemne.
— ¡Jaime! —el conde llamó a su ahijado y con un gesto de la mano le indicó que se aproximara.
—Mi señor... —el joven se acercó confuso.
—Te presento a Raimundo Sa Guardia, caballero del Temple, de la encomienda de Mas Deu, y a su compañero Guillem de Perelló.
Los dos templarios saludaron a Jaime con una ligera inclinación de cabeza, pero observándolo a la vez como quien mira a un insecto sin otro interés que el que despierta su zumbido.
