LOS HUNOS A LAS PUERTAS DE ROMA


Uno de los soldados a caballo lo vio acercarse en la penumbra y dio el alto, aunque sin alarmarse. Los demás se volvieron, con las lanzas dispuestas.
Atila siguió avanzando.
—¡Alto! —gritó uno de los soldados, al tiempo que giraba y se acercaba a él; sin duda, se trataba de su teniente. Atila no le hizo caso y prosiguió su camino hacia el carruaje.
Al oír la orden del teniente, las cortinillas del carruaje se corrieron y apareció una cara. El rostro urbano y bien alimentado de un mercader griego. Estuvo a punto de gritar cuando vio tan cerca de él a aquel bárbaro a caballo, con el pelo recogido en una coleta alta y unos pantalones de piel de ciervo como única vesti- menta. Además, a juzgar por lo que dejaba entrever su silueta en la oscuridad, iba bien armado.
El bárbaro se dirigió a él:
—Linguam loquerisne latinam?


EL FIN DEL MUNDO VENDRA DEL ESTE


—Sí, señor. Pero aún no hemos acabado. —Hum... —Estilicón se acarició el pelo de la coronilla, canoso y que raleaba—.
Sin embargo, en tu destacamento ha habido muchas deserciones, ¿no? El rostro del teniente expresaba vergüenza. —Sí, señor. —Hum... Entonces, te alistaste a los... ¿dieciocho?
—Sí, señor.
—Conque, antes de jubilarte, aún tienes que servir otros trece años. Es mucho tiempo sin ver a tu mujer y a tus hijos. Y, para una esposa, también es mucho tiempo sin ver a su marido. No sé si me entiendes.
—No digo que esté satisfecho, señor.
—Acuérdate del emperador Claudio. Bastó con que se fuese unos días al puerto de Ostia para que su esposa se casase con Cayo Silio.



EL MACEDONIO


El rey era viejo..., a punto de morir, se decía. Estaban a salvo de su ira, pero ¿qué le importaba a Eurídice la seguridad? Hacía tiempo que había acogido en sus brazos a Tolomeo, cuando el menor rumor habría significado su muerte, pero su lujuria no conocía freno pese al riesgo.

Al cabo de un rato, en uno de aquellos cambios de humor que la transformaban radicalmente, se volvió hacia él sonriente.

—Cuando te levantes de aquí, ¿irás a la cama de mi hija? —inquirió, cual si de antemano supiera la respuesta, como si ansiara el placer mortificante de oírselo decir—. ¿Sabe tu esposa la energía que gastas con el cuerpo de su madre?



LA VOZ DORMIDA


—No te asustes, chiqueta.
La voz de aquel hombre la empuja a saltar. Se apoya con las manos en la piedra casi plana. Se levanta. Deja caer la toquilla y corre a rodear el matorral.
—Ven aquí, no te asustes.
El hombre la sigue despacio. Ha recogido la toquilla del suelo y la lleva en la mano. Pepita comienza a caminar de espaldas bordeando el matorral.
Despacio, él camina hacia ella y ella hacia atrás, mirándose de frente. —¿Eres Pepa? —Pepita. —No tengas miedo, vengo de parte de Felipe.
Sin dejar de caminar, Pepita alarga la mano hacia su toquilla. Pero no consigue alcanzarla.
—¿Y cómo sé yo que no eres un guardia civil disfrazado? Dicen que hay muchos.