Uno de los soldados a caballo lo vio acercarse en la penumbra y dio el alto, aunque sin alarmarse. Los demás se volvieron, con las lanzas dispuestas.
Atila siguió avanzando.
—¡Alto! —gritó uno de los soldados, al tiempo que giraba y se acercaba a él; sin duda, se trataba de su teniente. Atila no le hizo caso y prosiguió su camino hacia el carruaje.
Al oír la orden del teniente, las cortinillas del carruaje se corrieron y apareció una cara. El rostro urbano y bien alimentado de un mercader griego. Estuvo a punto de gritar cuando vio tan cerca de él a aquel bárbaro a caballo, con el pelo recogido en una coleta alta y unos pantalones de piel de ciervo como única vesti- menta. Además, a juzgar por lo que dejaba entrever su silueta en la oscuridad, iba bien armado.
El bárbaro se dirigió a él:
—Linguam loquerisne latinam?
