El rey era viejo..., a punto de morir, se decía. Estaban a salvo de su ira, pero ¿qué le importaba a Eurídice la seguridad? Hacía tiempo que había acogido en sus brazos a Tolomeo, cuando el menor rumor habría significado su muerte, pero su lujuria no conocía freno pese al riesgo.
Al cabo de un rato, en uno de aquellos cambios de humor que la transformaban radicalmente, se volvió hacia él sonriente.
—Cuando te levantes de aquí, ¿irás a la cama de mi hija? —inquirió, cual si de antemano supiera la respuesta, como si ansiara el placer mortificante de oírselo decir—. ¿Sabe tu esposa la energía que gastas con el cuerpo de su madre?
