LA ELEGANCIA DEL ERIZO


—Eh, eh, no —me contestó entonces, imprimiendo a la frase las mismas pausas que jalonaban sus desplazamientos.
—¿Quiere al menos sentarse un momento? —le sugerí yo. —¿Sentarse? —repitió, extrañado—. Eh, eh, no, ¿por qué? —Para descansar un poco —le dije. —Ah, yaaaaaa —contestó—. Pues, eh, eh, no.
Lo dejé pues en compañía de las camelias, vigilándolo desde mi ventana. Al cabo de un larguísimo momento, se sustrajo a su contemplación floral y se dirigió a velocidad moderada hasta mi puerta. Abrí antes de que llegara a llamar al timbre.