Las casitas de adobe se distinguían desde el camino y, en ocasiones, a los pobres habitantes, detenidos para mirar a los viajeros con una mano en visera sobre los ojos, más por costumbre que por defenderlos del sol, y la otra apoyada con lasitud en la cintura. Parados, inmóviles, si no fuera por la brisa que ahuecaba los atuendos miserables, sugerirían polícromas estatuas de una civilización ruinosa y olvidada.
