DONDE DE ALZAN LOS TRONOS


La mujer era hermosísima. Estaba allí, a pocos pasos de él, a la orilla del río, desnuda, y sólo podía verle la espalda. Pero seguro que era hermosísima. Desde luego, tenía un culo extraordinario, el mejor culo que él había visto en su vida, muy grande y muy blanco, y cubierto de ricos hoyuelos. Mateíllo la observó con avidez. Qué ganas de tocar aquellas nalgas, de apretarlas muy fuerte con las manos, y de frotar su sexo contra ellas. ¡Qué delicia! Su sexo, sí. El miembro magnífico que aún seguía teniendo, completo y bien hermoso. Menos mal que había huido aquella mañana de las manos asesinas del Padre Cantor. De no haberlo hecho, a estas alturas tendría un trapillo colgando entre las piernas, una cosa fea y reseca, y no habría disfrutado de aquel espléndido trozo de su carne que le había dado tanto placer. En realidad, el único placer auténtico, junto con ciertas borracheras, que había conocido en su vida. Le había servido innumerables veces para el goce a solas, pero también lo había disfrutado con muchas mujeres, y hasta con unos cuantos hombres, en las noches de helada en los campamentos, cuando al apretarse unos contra otros para aliviar un poco el frío surgía inevitablemente el deseo. Como ahora: allí estaba, su miembro creciendo y endureciéndose frente a la belleza de la mujer desnuda. Tenía que llegar hasta ella. Trató de incorporarse, pero el dolor en el costado volvió a ser insoportable. Había conseguido aplacarlo un poco echándose sobre la herida y apretándose contra el suelo. Si se apretaba mucho, el dolor iba disolviéndose en ondas dentro de su cuerpo, y al final se desvanecía. Pero no podía ponerse en pie. De nuevo miró a la mujer. Estaba volviéndose lentamente, como si quisiera que él viese su cuerpo entero. ¡Dios mío, qué cuerpo! Los pechos enormes, y las redondas caderas envolviendo la tripa blanda, en la que sería tan dulce descansar la cabeza..