—No se inquiete usted, querido —aconsejó la señora Reilly—. ¿Qué es eso que bebe? Parece una bola de nieve al ananás.
—Dudo que entendiese lo que es, aunque se lo explicase. —¿Cómo se atreve usted a decirle eso a mi amada madre? —Oh, vamos, tú cállate, grandullón —masculló el joven—:. Oh, cómo
me he puesto la chaqueta... —Es realmente grotesco.
—Bueno, ya está bien, se acabó. Seamos amigos —dijo la señora Reilly con los labios llenos de espuma—. Ya tenemos bastantes bombas y cosas de ésas.
—Sí, y parece que su hijo es de los que les encanta tirarlas.
—Bueno, bueno, hagan los dos las paces. Este es un lugar donde todos deberían venir a divertirse —la señora Reilly sonrió al joven—. Permítame invitarle a otra ronda, muchacho, por lo que se le ha caído. Y creo que yo me tomaré otra Dixie.
