BORMAZO


hicimos noche en Arezzo. Viajábamos muy despacio, a causa de Messer Pandolfo, quien se quejaba de la aspereza del camino. Dormimos en una posada o, mejor aun, en ella durmió mi preceptor. Ignacio quedó afuera, caminando, escudriñando el cielo y rezando hasta el amanecer. Yo me retiré al aposento que compartía con el dómine, pero ni sus ronquidos, ni las alimañas, ni la emoción provocada por la novedad de mi porvenir inminente me dejaron descansar. Al rato salí también y no osé perturbar a Zúñiga porque, a pesar de la miseria de su condición, me impresionaba su porte y aquella fe que yo, exacerbado por la tiranía de mis angustias y distraído por la exploración del mundo, no compartía. Anduve una hora bajo las estrellas, cavilando. El recuerdo de la iniquidad familiar me calentaba la sangre en las venas. Cuando volví a mi cámara, oí voces en una vecina habitación. Por el hueco de la puerta mal cerrada vi a Beppo afanándose en un catre con la hija del posadero.