SALAMINA


—En esta casa, ella tiene más derecho a decírmelo que tú —respondió Jasón, y Apolonia sintió
una oleada de gratitud que, en parte, alivió el frío de sus entrañas—. Vete a reunirte con esos hombres si quieres. Yo necesito pensar.
—Pues no te lo pienses demasiado. No disponemos de mucho tiempo.
Esquines dirigió una última mirada a Apolonia, que se cruzó los brazos sobre los senos para cubrirlos de su vista. Después salió sin despedirse. Jasón se sentó en un banco de piedra del patio, o más bien se desplomó sobre él. Qué cansado parece, pensó Apolonia con ternura, olvidando por unos segundos la urgencia del aviso de la diosa.
Jasón, que se había casado muy tarde, casi la doblaba en edad; pero ahora los veinte años que le sacaba a Apolonia parecían haberse convertido en treinta. La joven le quería, pero al meterse en la cama con él nunca había llegado a sentir esa calidez líquida en el vientre ni ese temblor en las pantorrillas del que hablaban los epitalamios. El mercader era apenas un dedo más alto que ella, tenía las piernas flacas y peludas, la barbilla blanda y huidiza y la coronilla en barbecho. Por más que se lavara y se perfumara con menta las axilas, su sudor ya olía a rancio cuando brotaba de su piel. Pero era un buen padre y un marido amable, y cuando organizaba banquetes en casa tenía la decencia de no invitar a flautistas ni prostitutas. Lo que hiciera en los simposios a los que le invitaban otros amigos, Apolonia prefería no saberlo.
La joven tomó aliento y dijo: —He tenido una visión. Jasón levantó la mirada y entrecerró los ojos. Apolonia se apresuró a contarle el sueño y las
palabras de Atenea sin apenas dejar pausa entre las frases para que él no tuviera tiempo de poner objeciones.
—¿Crees que es un sueño veraz? —preguntó su marido al final.