LA JUDIA DE TOLEDO


El rey se había instalado sobre una tumbona, una especie de sofá. Allí estaba, sentado, medio echado, en una postura ostentosamente relajada.
—Sólo espero —dijo después de que Don Manrique terminara de hablar— que tengas preparados a tiempo los veinte mil maravedíes de oro que te obligas a pagar.
—Veinte mil maravedíes de oro son mucho dinero —respondió Ibrahim—, y cinco meses es poco tiempo. Pero podrás disponer del dinero dentro de cinco meses, mi señor, siempre y cuando los poderes que me otorga el contrato no sean sólo ciertos sobre el pergamino.
—Tus dudas son comprensibles, Ibrahim de Sevilla —dijo el rey—. Son poderes nunca oídos los que te has reservado. Mis señores me han explicado que quieres poner tu mano sobre todo lo que la gracia de Dios me ha otorgado, sobre mis impuestos, mis fondos públicos, mis fronteras, y también sobre mis minas de hierro y de sal. Pareces un hombre insaciable, Ibrahim de Sevilla.
El comerciante contestó tranquilamente:
—Soy difícil de saciar porque tengo que saciarte a ti, mi señor. El que está hambriento eres tú. Soy yo quien paga primero los veinte mil maravedíes de oro. Todavía no hay certeza sobre el importe de los fondos que se obtendrán, de los cuales me pertenece una pequeña comisión. Tus grandes y ricoshombres son señores difíciles y violentos. Perdona a este comerciante, señora —dijo dirigiéndose con una profunda reverencia a Doña Leonor, y continuó hablando en árabe—, si en tu presencia, clara como la luna, hablo de cosas tan prosaicas y aburridas.