EITANA LA ESCLAVA JUDIA


Eitana estaba sobrecogida, con el odio rugiendo su pequeña existencia. Se abrazó al tronco mal tallado y con sus manos acarició los pies de su padre y dejó que su sangre le ungiera su rostro y su cabello.
—Corre, muchacha. Corre. Déjame solo. —Pero ¿por qué? —gritaba ella—. ¿Qué has hecho, padre? ¿Por qué? —Vete, Eitana. Por Yahvé, vete. —¡Cómo he de dejarte! ¡Dime! —Tienes que hacerlo —exclamó sufridamente.
Los soldados, que habían permitido a la niña hacer, acabaron por intervenir. Unos de los tres la atrajo hacia atrás estirando de sus hombros, hasta que cayó al suelo de espaldas.
—Vete —le dijo en un arameo incomprensible.
La muchacha se incorporó y se lanzó sobre aquel centinela entre patadas, gritos e insultos. Los otros dos se miraron con asombro y soltaron unas risotadas, pero aquel soldado ni titubeó. Le dio un bofetón y Eitana volvió a caer en tierra.
—¡Eres como tu padre! —le dijo—. Y nosotros a los rebeldes los tratamos como se merecen. Acabas de elegir tu destino.
El padre de Eitana se revolvió con un grito de dolor, mientras la niña sollozaba desde el suelo.
—Marco, ¿quieres que se la lleve al tribuno? —le dijo uno de los otros dos.