EL DENARIO DE PLATA


—No perdamos más el tiempo y llévame a un buen jurisconsulto...
—Pues el mejor de la ciudad es, a mi juicio, el más sinvergüenza, no por inmoral sino por ambicioso. Ese es el único capaz de llevar a la Basílica Náutica lo que se ha empezado en el tribunal de Agravios y Conciliaciones. . .
—Y con eso ¿qué se gana...? —Bastante. Que el pleito se resuelva en unos cuantos días y que el juicio se lleve a
cabo por un procedimiento jurídico de antiguo y nuevo Derecho romano, aunque a la postre igualmente pierdas.
Se fueron a ver al jurisconsulto Sostes Cubelino. Lo encontraron en el jardín de su casa despachando consultas. El cliente que no le llevaba cuero del mejor vino le obsequiaba una ánfora de aceite. Otros, más agradecidos, le pagaban con una o más monedas de oro, insertas en una base de madera muy pulida o en una cajita de hueso u otro material. Porque si el buen nombre y prestigio de la profesión forense impedían cobrar honorarios u obtener vil ganancia como en infame operación comercial, los letrados no podían oponerse a estas pruebas de agradecimiento por parte de sus clientes. Y tan seguros estaban de ganar el pleito, que el regalo lo recibían por adelantado.
Rodeaba al jurisconsulto una docena de personas. Todas le escuchaban como a un oráculo. Y nadie se atrevía a interrumpirle ni a precipitarse a exponerle su caso. Y él, según iba conociendo cada problema, resolvía con aire doctoral:
—Tu asunto se revuelve por ius portus. Con lo cual el cliente se quedaba tranquilo, y Mileto aumentaba su conocimiento
sobre los múltiples derechos vigentes en Gades. Al otro le decía:
—Acto Conciliatorio por comparecencia voluntaria... Y a un tercero.
—En tu caso habrá exceptio, pero, ¡oh!, con invalidación por duplicatio. Eso olía un poco más al Lacio. Hablaba una jerga popular turdetana, muy viciada
de giros púnicos y con muchas sentencias latinas. Benasur se impacientó. Y como vio que le faltaban ocho individuos para que le
tocara su turno, interrumpió al jurisconsulto: