—Pero Cencerro está muerto, Pepe, y tú lo sabes.
—¿Muerto? No, qué va a estar muerto... —estábamos los dos solos y nadie podía escucharnos, pero miré hacia atrás una vez más, porque no podía creer que estuviera hablando en serio—. ¿Es que no te has enterado de que antesdeayer cortó la carretera y consiguió dinero de sobra para pasar el invierno? ¿No te han contado todavía que volvió a dejar una propina de las de antes en una venta de su pueblo?
—Pero no pudo ser él —insistí, con el aplomo que prestan sólo unas pocas certezas, la muerte siempre.
—Claro que fue él. Firmó el billete, ¿o no? —sólo entonces se echó a reír, y justificó su risa como si me estuviera haciendo un favor—. Cencerro es mucho más que un nombre, Nino, es un símbolo. Tomás Villén Roldán está muerto, sí, lo sé, sé lo mismo que tú, que se suicidó el 17 de julio, en Valdepeñas, y lo llevaron muerto a su pueblo, y todos los vecinos vieron su cadáver. Eso es verdad, pero sólo eso. Tomás Villén Roldán era Cencerro, pero ahora Cencerro es más grande que él. Seguirá vivo mientras haya alguien en el monte que lleve su nombre, y por lo visto lleva dos días resucitado, ya lo sabes.
—Cualquiera diría que te alegras.
