—A trabajar, chicos. No me obliguéis a usar esto —farfulló, dando un golpecito al látigo que llevaba en el cinturón.
Los trabajadores recorrieron fatigosamente la zona de rastrojos hasta el trigo que quedaba por segar; algunos dedicaban miradas de resentimiento a Tarquinius. Pero ninguno osó contradecir la voluntad de hierro del capataz. O su látigo. La misión de Dexter consistía en mantener a raya a todo el mundo y lo conseguía empleando la fuerza bruta.
Fulvia esperó a que los demás se alejaran un poco antes de tenderle el paquetito con una sonrisa maliciosa.
—Gracias, madre. —Le dio un beso en la frente.
—Que los dioses te bendigan —dijo Fulvia, orgullosa.
—¿Dexter? —En cuanto su madre hizo virar la carreta, Tarquinius corrió al encuentro del fornido vílico—. Toma un poco de queso de cabra. Es muy sabroso.
—¡Trae para acá! —Dexter tendió los brazos con avidez. Probó un trozo y sonrió—. Felicita a Fulvia. ¿Dónde lo ha conseguido?
—Tiene sus métodos. —Todo el mundo sabía que los trabajadores de la cocina conseguían alimentos con los que los demás soñaban—. Esperaba...
—¿Acabar hoy temprano? —Dexter se carcajeó—. Para eso hace falta algo más que un trozo de queso. Caelius me cortaría las pelotas si te pillara zafándote otra vez.
