Los muchachos siguieron las almadías río abajo durante un buen trecho, saludando y haciendo gestos entre risas a los hombres que trataban de mantenerlas en el centro de la corriente. Casi una milla más adelante una zona de espesa vegetación con abundantes zarzas les impidió continuar avanzando, y vieron cómo el cargamento de madera desaparecía de su vista al describir una amplia curva en el cauce.
Se disponían a desandar el camino para cruzar de nuevo el puente y volver a sus casas cuando uno de los chicos de mayor edad comentó en voz alta:
—¿Os imagináis poder cruzar ahora el río de un salto? Estaríamos en casa en un momento.
—De un salto no, pero se puede cruzar. Mi hermano mayor lo cruzó a nado el verano pasado —explicó otro.
—Es peligroso —dijo Mūsa—. Mi tío dice que hay muchas corrientes y remolinos. Ni siquiera a mi hermano le han permitido hacerlo.
—¿Tú siempre haces lo que te dice tu tío?
Mūsa se volvió hacia quien hablaba, y se encontró frente a frente con Essam, que le miraba con gesto serio, provocador, y con un extraño brillo en los ojos.
—¿Quién se atreve? —continuó Essam—. Yo voy a cruzar.
