—Seguramente por la tarde ya habré vuelto, pero no sé cuánto durará la visita a la cueva —contestó Ayla.
No mucho después se encaminaron todos hacia el campamento principal y, al llegar allí, se separaron para irse cada uno por su lado. Ayla y Proleva, con sus dos niñas, Folara, Jondalar y el lobo, fueron primero a la gran morada de los zelandonia. El donier de la Vigésimo sexta Caverna esperaba ya fuera, junto con un acólito a quien Ayla no veía desde hacía tiempo.
—¡Jonokol! —exclamó, y corrió hacia el hombre que había sido acólito de la Primera antes que ella, y a quien se consideraba uno de los mejores artistas entre los zelandonii—. ¿Cuándo has llegado? ¿Ya has visto a la Zelandoni? —preguntó cuando ambos se hubieron abrazado y rozado las mejillas.
—Llegamos ayer justo antes de oscurecer —respondió él—. La Decimonovena Caverna tardó en ponerse en marcha, y luego la lluvia nos retrasó. Y sí, he visto a la Primera Entre Quienes Sirven a la Madre. Tiene un aspecto espléndido.
Los demás miembros de la Novena Caverna saludaron afectuosamente al hombre que había sido, hasta fecha reciente, un valioso miembro de su caverna y buen amigo. Hasta Lobo lo olisqueó en señal de reconocimiento y a cambio el hombre le rascó detrás de las orejas.
—¿Ya eres Zelandoni? —preguntó Proleva.
