EL GALLO NEGRO


—Decidme —le pregunté en voz baja—, ¿quiénes son esos tres hombres? El hombre soltó un gruñido. —Zánganos del monasterio que clausuraron el año pasado. Ya sabéis, señor. El rey dice
que los pequeños conventos deben desaparecer, y a los monjes les buscan alojamiento, pero los criados se quedan en la calle. Éstos llevan todo el año mendigando por los alrededores, porque aquí no hay trabajo para ellos. ¿Veis a ese tan flaco? Pues ya lo han desorejado. Tened cuidado con ellos.
Los miré disimuladamente y vi que uno de ellos, rubio, alto y escuálido, tenía dos agujeros rodeados de costurones en lugar de orejas, como los reos de falsificación. Seguramente lo habían condenado por recortar monedas y usar el oro para hacer copias falsas. —¿Y les permitís entrar?
—Ésos no están en la calle por gusto —gruñó el posadero—. Ni ellos ni cientos como ellos... —añadió y, tal vez temiendo haber hablado demasiado, se marchó a toda prisa.
—Creo que es un buen momento para retirarnos —le dije a Mark cogiendo una de las velas de la mesa.
El muchacho asintió y, tras apurar las cervezas, nos dirigimos hacia la escalera. Al pasar junto a los criados de la abadía, mi capa rozó accidentalmente el hábito del hombretón.
—Ahora estás gafado, Edwin —dijo uno de sus compinches alzando la voz—. Si quieres recuperar la buena suerte, tendrás que tocar a un enano