LA PROMESA DEL ANGEL


«Claro, eso es —piensa—, esa jovencita ha venido a traer flores a los difuntos y a recogerse ante el Señor. Yo he interrumpido su oración y seguramente la he asustado tanto como ella a mí. De todas formas, no deja de ser una hora harto singular para rezar.»
Nada más decirse esto, recuerda el motivo de su presencia en ese lugar sagrado: rezar, rezar por la salvación de Pedro de Nevers sin esperar a que sus hermanos despierten. Pensando en su maestro, en el accidente que ha sufrido en Cluny, se arrodilla piadosamente al tiempo que destierra de su espíritu la turbación producida por el misterioso encuentro.
A la mañana siguiente, después del oficio de prima, los treinta sacerdotes, novicios y hermanos laicos se reúnen en uno de los edificios conventuales que bordean la iglesia, provisto de bancos y de un asiento central. El abad Hildeberto se instala en el sillón, con una obra magníficamente encuadernada entre las manos. Ese día, 7 de septiembre, está dedicado a santa Regina, virgen y mártir de Autun. La sesión del capítulo comienza, como de costumbre, con la lectura de un pasaje del Espejo de la perfección, la regla de Benito de Nursia, escrita en el siglo VI.