—¿Adónde vamos?
—La nueva calle que hay junto a los baños de Agripa es buen sitio. Es tranquila, y en este momento no va mucha gente, salvo poetas y filósofos. Si alguien nos ve, hemos ido a mirar ese león tallado del que habla todo el mundo.
Se sentaron en un banco de piedra bajo un ciprés. El agua lamía la orilla mientras fuertes ráfagas de viento arrastraban las hojas muertas de un arbusto cercano.
—¿Recuerdas que te hablé de esa muchacha que habían secuestrado? —dijo Critón.
—Lo recuerdo.
—Luego me presenté en casa de mi patrono. Me llevó a un rincón, aparte de los otros clientes, y me pidió que aguardara hasta que todos se hubieran ido. Aguardé, y cuando estuvimos a solas me preguntó si podía confiar en mí. Le respondí que esperaba ser digno de su mayor confianza. Me cogió la mano y me dijo que la lealtad merecía una recompensa, y me entregó un zurrón. «El vino impulsa a la necedad», me dijo. Me fui a casa, y al llegar a mi habitación abrí el zurrón. Contenía una enorme suma. Más de lo que he tenido nunca.
—Vaya, estás de suerte. Me vendría bien un patrono como ése.
