Se oyó entonces un rugido mortal, convulso, horrible, estremecedor. Era un rugido de muerte y se oyó casi de inmediato la voz de Longino.
—¡Marco, Marco, Marco!
Por todos los dioses. La mente de Trajano hijo, embotada por el esfuerzo, reaccionó pese a todo.
—¡Aquí, Cneo! —Fue la primera y única vez en su vida que Trajano le llamó por su praenomen. Cneo Pompeyo Longino asomó por encima de las rocas, justo en el mismo sitio por donde había asomado hacía un momento el lince—. No puedo... no puedo más... —masculló.
Longino se tumbó en el suelo, al borde del principio y alargó el brazo. Trajano era tan grande como él, de modo que elevarlo sería una tarea casi imposible, pero no había otra opción.
—Coge mi mano —dijo Longino y Trajano se estiró de nuevo en un intento por llegar a la mano de su amigo. Unos instantes antes le habría resultado sencillo, pero cada vez estaba más exhausto y ahora se le antojaba demasiado lejana, pero estiró, alargó el brazo y Longino hizo lo mismo, y las yemas de los dedos se tocaron...
