Cresconio tragó saliva con dificultad, sobrecogido como estaba, con el corazón contrito y con el anatema repicando en su sesera como la misma campana negra que habría de anunciar el fin de los tiempos. Las palabras se embotaron en su garganta como serba cruda y los ojos se tornaron vidriosos en un instante.
—Todo eso dicen... —susurró.
El fámulo asintió convencido, con el rostro tan pálido como la cera de las lámparas que alumbraban la estancia.
—Dicen también que durante la noche pasada un rayo quebró la cúpula celeste desde las más elevadas alturas hasta la profundidad de la tierra. Y, a través de la fractura del cielo, inundado en vapores, un endriago apareció ante los ojos de quienes no podían conciliar el sueño, amenazando con devorarlos a todos, al tiempo que de sus fauces goteaba sangre candente que, al estrellarse contra el suelo, provocaba la aparición de lagos negros de los que humeaban vapores azafranados.
