A FUEGO Y ESPADA


Bamberg, 7 de octubre de 1806
-Y, a menos que su majestad imperial responda a este ultimátum antes del ocho de octubre y prometa ordenar la retirada de sus fuerzas de la frontera, existirá un estado de guerra entre Prusia y Francia...
En el cuartel general imperial reinaba el silencio mientras Talleyrand terminaba de leer en voz alta el documento que se había enviado desde Berlín. Se acercó a la mesa de Napoleón y dejó el despacho. Josefina, que estaba de pie detrás del Emperador, apoyó las manos en el respaldo de su silla, miró el despacho y vio el sello de Federico Guillermo en el documento. No había duda de que la amenaza era genuina y de que Prusia estaba decidida a iniciar una guerra.
-¿Cuándo llegó? -preguntó Napoleón con frialdad.
-Fue entregado en París hace tan sólo cinco días, sire, y lo mandaron de inmediato hacia aquí.
Napoleón asintió lentamente con la cabeza.
-Esto es un insulto intencionado. No viene de ese pelele de Federico Guillermo. El no tendría valor. Esto es obra de esa bruja, la reina Louise, y su grupo de amigotes de guerra. Pues muy bien. Si lo que quieren es insultarnos, responderemos de la misma manera.
Talleyrand carraspeó ligeramente.
-Disculpe, sire, pero la fecha límite es mañana. Es imposible que la respuesta llegue a Berlín a tiempo.
-De todos modos tendrán su respuesta del modo más claro posible. La invasión de Prusia empezará mañana. Me imagino que eso les mostrará nuestras intenciones de manera inequívoca. ¿No le parece?