—Oh, suelo hacer una excepción con las nuevas empleadas del museo. Claro, y también esperas que yo acabe como Nieves.
—¿Seguro? —insistí—, ¿no tenías prisa? —El tiempo es algo tan relativo... Y este ajedrez, ¿no te seduce? Era un damero de madera de dos tonos, «raíz del árbol de teca», me informó solícito. —Estéticamente sí —contesté—, pero hace tiempo que no juego una partida en serio. Extendió su brazo derecho y me invitó a sentarme. Miré alrededor, no muy convencida. Jairo se las había arreglado para llevarme a un rincón
de su inmenso local, donde sabía que nadie nos molestaría. Acabé accediendo. —Verás, puedes verlo como un juego de mesa, o puedes verlo desde un punto de vista mucho más interesante. Le animé a seguir con la mirada.
