EL APRENDIZ


Guardó su preciado tesoro y respiró satisfecho. Dentro de muy poco tendría el dinero suficiente para poder ser libre. Ya nadie le daría órdenes. Viviría como le placiera recorriendo el mundo, sin más preocupaciones que disfrutar de la existencia.
Salió dispuesto a conseguir que esos tipos pagaran una fortuna por el secreto que guardaba.
Las calles estaban desiertas a aquella hora de la noche. La ciudad entera dormía plácidamente, salvo algunos vagabundos que deambulaban como sombras perdiéndose en los callejones solitarios en busca de un buen refugio donde pasar la noche.
Alertado por los pasos del vigilante se escondió en un portal esperando que éste pasara de largo. Nadie debía verlo. No podía arriesgarse a que descubrieran sus intenciones o perdería la oportunidad de convertirse en un hombre rico.
Una vez pasado el peligro, continuó su camino. Con pasos apresurados se encauzó hacia la piazza de la Signora, sin dejar de prestar atención a cualquier ruido o sombra.
Si la mano no le hubiese cubierto la boca, habría gritado con todas sus fuerzas. -Silencio. Soy yo -le dijo el hombre que se amparaba bajo el quicio de una puerta. El chico respiró aliviado cuando lo liberó. -¿Y bien? ¿Lo tienes? -le preguntó su cliente.
El muchacho se apartó del hombre mirándolo con suspicacia. -¿Y vos el dinero?