—Sí, pero vivo barato.
—No quisiera ser una carga para ti —le dije.
—Vas a trabajar para cubrir tus gastos, Maya, eso acordamos tu abuela y yo. Puedes ayudarme con el libro y en marzo trabajarás con Blanca en la escuela.
—Te advierto que soy muy ignorante, no sé nada de nada.
—¿Qué sabes hacer?
—Galletas y pan, nadar, jugar al fútbol y escribir poemas de samuráis. ¡Tendrías que ver mi vocabulario! Soy un verdadero diccionario, pero en inglés. No creo que eso te sirva.
—Veremos. Lo de las galletas tiene futuro. —Y me pareció que disimulaba una sonrisa.
—¿Has escrito otros libros? —le pregunté bostezando; el cansancio del largo viaje y las cinco horas de diferencia en el horario entre California y Chile me pesaban como un saco de piedras.
—Nada que me pueda hacer famoso —dijo señalando varios libros sobre su mesa: mundo onírico de los aborígenes australianos, ritos de iniciación en las tribus del Orinoco, cosmogonía mapuche del sur de Chile.
—Según mi Nini, Chiloé es mágico —le comenté. —El mundo entero es mágico, Maya —me contestó.
