−No tienes nada que sentir. La verdad es que me alegra de que tengas tanta confianza como para decirme lo que piensas, y estoy encantado de estar aquí contigo, ahora −y mirando hacia abajo, añadí−: Con mi mano encima de la tuya.
Esbozó una sonrisa cohibida y bajó tímidamente la mirada. −Yo también, Ulises. Yo también. Notaba su mano cada vez más cálida bajo la mía. La escasa luz de luna que atravesaba los cristales arrancaba reflejos de sus rubios mechones y, de alguna
manera, llegaba a incidir sobre sus pupilas, abandonando sobre ellas un cautivador brillo que parecía emanar del interior de sus propios ojos. La miraba con fijeza, en silencio, creyendo adivinar lo que pasaba por su mente. Un flujo de algo que hacía mucho que no sentía me brotaba directamente del corazón, y siguiendo por mi brazo, pasaba a través de mi mano a la suya y de ahí a sus labios, que los imaginaba, apenas viéndolos, húmedos y anhelantes. Sentía que algo dentro de mí me impulsaba irrefrenablemente a cerrar ese circuito uniendo esos labios a los míos, y en su silencio creí adivinar la misma idea en ella. Lentamente, me fui acercando, centímetro a centímetro. Notaba ya su aliento sobre mi rostro y entrecerraba los ojos inclinando levemente la cabeza para encajar nuestras bocas
cuando, inesperadamente, sentí una mano firme apoyada sobre mi pecho. −Ulises... −susurró−, creo que se ha hecho tarde, y mañana nos espera un día muy largo.
