LA HIJA DEL NILO


La mar rizada se había convertido ya en una marejada que no dejaba de crecer. Las crestas de espuma fosforescían bajo la luna y levantaban rociones contra la proa de la Hermes. La nave, que viajaba en perpendicular a las olas, daba cabeceos cada vez más violentos, y los remos azotaban el aire tantas veces como se clavaban en el agua, entre juramentos y blasfemias de los marineros.
Uno de los guardaespaldas de Menéstor no tardó en llevarse la mano a la boca y, como los cuerpos de los remeros le impedían llegar a la borda, se dobló sobre sí mismo y vomitó sobre las tablas del suelo. El gigante germano hacía equilibrios con las piernas para conservar la vertical, mientras que el esclavo de César se mantenía sin aparente esfuerzo apoyado en el báculo.
Para colmo, empezó a llover. León alzó la mirada de nuevo. Sobre sus cabezas todavía se veían algunas estrellas: la lluvia venía de las nubes del oeste y caía al sesgo empujada por el viento, anticipando el aguacero que podía caerles encima. Toda la Hermes crujía, pero el rechinar de la tablazón apenas se oía contra el silbido creciente del aire y el romper de las olas.
León volvió los ojos a popa. Apenas se habían alejado cincuenta metros de la sombra oscura de la costa. Estaban prácticamente clavados en el sitio, como en una pesadilla.
—¡Tenemos que volver! —exclamó, dirigiéndose a Menéstor—. ¡Habrá otras noches mejores!