—Si tenemos suerte se desviará hacia el este antes de que se rompa —dijo Eric. El nórdico más joven dirigía el rostro hacia el cielo ennegrecido de forma que el pelo blanco le caía liso y desde mi posición junto a la portilla del remo vi que tenía miedo.
—Esta vez no, hijo —respondió Olaf categóricamente—. Dudo que ni siquiera Sigurd haga sonreír hoy a Njörd. —Olaf se volvió hacia mí—. Njörd gobierna la dirección de los vientos —dijo, y movió un brazo extendido hacia el oeste—. Controla el mar y las llamas... —sonrió con amargura— y hoy está de un humor de perros.
Todos los hombres que iban a bordo tenían la vista fija en el amenazante nubarrón negro que estaba tan bajo en el cielo que podía lanzarse una flecha a la panza para provocar el diluvio. Estaba bordeado por un halo de luz plateada brillante, pero nos encontrábamos lejos del borde. Un viento enfurecido empezó a golpear la vela de lana y a hacer traquetear los escudos que los noruegos habían colocado a los lados del Serpent por la mañana para disuadir de acercarse a otro drakar que se dirigía al este por el horizonte.
