LA TRISTEZA DEL SAMURAI


El niño contemplaba la escena sin comprender qué estaba pasando. Su cara hervía enrojecida por el frío.
Entre el viento que se levantaba llegó la música de un tren que se acercaba. El tren que iba a Lisboa. Llegaba a través de la niebla el ruido de las ruedas sobre los rieles, que poco a poco fue apagándose. Hubo una pausa y un silbido, como el suspiro hondo de un corredor al detenerse después de un gran esfuerzo.
—Vamos mamá, es nuestro tren —dijo Andrés cogiendo de la mano a su madre y tirando de ella, que no se movía del sitio ni apartaba la mirada del hombre.
Entonces él se reclinó junto al niño. Lucía una sonrisa amplia y bienhechora que hirió hasta el alma a Isabel.
—Hay un cambio de planes, Andrés. Tu mamá tiene que hacer un viaje, pero tú volverás a casa. Tu padre te está esperando.
El niño contempló confuso a aquel desconocido y luego desvió la mirada hacia su madre, que lo miraba angustiada.
—No quiero volver a casa. Quiero ir con mi madre.