EL PAIS DE LA NUBE BLANCA


—En lo alto de la montaña venden refrescos —consoló Jamie a las niñas—. Al menos eso es lo que han dicho en Lyttelton. Y en el transcurso de la subida hay albergues donde tomarse un respiro. Sólo tenemos
que llegar arriba, luego lo peor ya habrá pasado. —Y dicho esto emprendía con resolución el nuevo trecho y las niñas lo seguían por el suelo pedregoso.
Durante el ascenso, Helen no tuvo apenas tiempo de contemplar el paisaje, pero lo que vio era desalentador. Las montañas eran peladas, grises y ralas.
—Piedra volcánica —comentó el señor OʼHara, quien ya había trabajado en la minería. Pero Helen recordó la «montaña infierno» de una balada que su hermana a veces cantaba. Precisamente así, yermo,
descolorido e interminable, había imaginado el telón de fondo de la condena eterna. Gerald Warden había podido descargar sus animales una vez que todos los pasajeros hubieron
desembarcado; pero también los hombres de la agencia de transportes acababan de preparar sus mulos para emprender la marcha.
—¡Lo lograremos antes de que oscurezca! —garantizaron a las temerosas ladies que acababan de subirse a lomos de los mulos—. Son unas cuatro horas. A eso de las ocho de la noche ya habremos llegado a
Christchurch. Puntuales para la cena en el hotel. —¡Lo ve! —dijo Gwyneira a Gerald—. Podemos ir con ellos. Aunque está claro que solos iríamos más
deprisa. A Igraine no le gustará ir trotando detrás de los mulos.