UN REINO LEJANO


—¿Acaso conocéis los secretos de la medicina? ¿Sois chamanes? ¿Sabéis cómo hablar con los dioses y obtener su favor?
—No y no. Somos cristianos, adoramos a un único Dios verdadero.
—Entonces ¿para qué os quiero? —bramó, irritado—. Estáis flacos, parecéis débiles. Nunca había visto a hombres tan pálidos y poco dotados para las tareas cotidianas —se quejó, después de acercarse a tocarnos y mirar de cerca una piel y unos rasgos propios de nuestra raza que él, a juzgar por su actitud curiosa, ligeramente asqueada, no debía de haber visto nunca antes—. Ya le ajustaré yo las cuentas a ese estafador de Chaka por enviarme a dos inútiles como vosotros. ¿De qué me sirve que seáis blancos? Tengo decenas de siervos xin que trabajan para mí hasta que revientan. Ese embustero me mandó decir que erais especiales, que podría exhibiros con orgullo entre mis vecinos. ¿Y qué me encuentro? A dos insignificantes insectos.