LA CRUZ DE CENIZA


—Tranquilizaos, padre —era la primera vez en años que le llamaba así—. Venid, sentaos, necesitáis descansar.
—¡Déjame! ¡No te atrevas a tocarme! Te crees muy listo, muy sabihondo, ¿verdad? ¡Tú y tu madre, siempre juntos, siempre tan altivos y arrogantes! ¡Pero bien que gastabais mi dinero sin preguntar de dónde venía! —se iba acalorando cada vez más. Baltasar trató nuevamente de acompañarlo hasta una silla para que se calmara, pero el hombre se revolvió contra él. Su barbudo rostro estaba congestionado por la ira. El muchacho no conseguía apartar la vista de la venilla que parecía tener vida propia en la sien de su padre—. ¡Pues se acabó! ¡A partir de este mismo instante, se acabó! ¡Si quieres comer, tendrás que trabajar conmigo en el taller, deslomándote como un hombre de verdad! ¡Y basta ya de libracos!