EL COMITE DE LA MUERTE


Pero a su hígado le pasa algo y no podremos ayudarla sin hacer antes un examen. Ella volvió a guardar silencio. —No es más que una aguja. Hincamos una aguja y la sacamos y en la punta
habrá un poquitín de hígado, no mucho, el suficiente para poder hacer el examen.
—¿Y duele? —Duele un poco, pero no hay otra solución. Hay que hacerlo. —Yo no soy su conejillo de Indias. —aquí no queremos conejillos de Indias. Lo que queremos es ayudarla a
usted. ¿Se da cuenta de lo que pasará si no nos deja? —preguntó, con suavidad. —De la forma que lo dice, claro que me la doy. El rostro de ella seguía petrificado, pero sus ojos mate relucieron de pronto
y se le saltaron las lágrimas, que corrieron mejillas abajo, hacia la boca. Silverstone cogió un pañuelo de papel del estante de la cama y le enjugó la cara, pero ella apartó la cabeza.
Silverstone volvió a bajar la bata y ajustó la sábana.
—Pues piénselo un rato—dijo, acariciándole la rodilla y prosiguiendo la visita.