-Podrías abrir un taller de náutica -apuntó Ismael.
Su tío contestó con un graznido o algo similar. -o vender el barco e invertir en la tienda de monsieur Didier. Hace seis años que no para de insistir -continuó el chico.
Su tío interrumpió la tarea y observó a su sobrino. Trece años ejerciendo como padre no habían conseguido borrar lo que más temía y adoraba a la vez en el muchacho: su obstinada y rematada semejanza con su difunto padre, incluida la afición a opinar cuando nadie le había pedido consejo.
-Tal vez deberías ser tú quien hiciese eso -replicó Christian-o Yo ya voy para los cincuenta. Uno no cambia de oficio a mi edad.
-Entonces, ¿por qué te lamentas? -¿Y quién no se lamenta?
