Sacó algo del bolsillo de su pantalón y, por segunda vez, me encontré con una enorme llave de latón cromado en la mano. El señor Lexow disponía, por lo visto, de un doble juego de llaves para muchas cosas, pensé yo mientras dejaba el pedazo de metal caldeado sobre la mesa de la cocina y acompañaba hasta la puerta al viejo maestro y pretendiente de mi abuela.
—¿Mañana entonces? ¿A la hora del café?
Hizo un breve gesto de despedida y bajó las escaleras de la entrada con paso algo torpe, desapareció un momento bajo las rosas y giró luego a la derecha hacia su bicicleta, que había dejado apoyada contra el muro de la casa. Oí el roce del caballete de la bici contra las losas y, poco después, el suave canturreo de la dinamo al pasar por la acera detrás del seto. Me quité los calcetines, cogí la llave que estaba colgada y fui a cerrar la cerca.
