Lope se le adelantó, apartando el caballo del muchacho del alcance del castellán. —Don Muño nos lo ha confiado a nosotros –dijo Lope. —¡Órdenes del conde! –respondió parcamente el castellán. —¿Quién da fe de ello? –preguntó Lope.
—Todos mis hombres pueden hacerlo –dijo el castellán.
—Eso no basta –respondió ásperamente Lope.
El castellán encajó la afrenta sin hacer un solo gesto. Estaba tieso en su silla de montar, sólo sus ojos se movían de un lado a otro.
La condesa de Braganza se abrió paso hacia él.
—¿Qué estás haciendo aquí, infanzón? –preguntó la condesa–. ¿Qué está pasando? ¿Cómo se está desarrollando la batalla?
El castellán esbozó una reverencia.
—Todavía no se ha decidido, dueña –dijo, y se marchó sin decir una palabra más, seguido por sus hombres, como por una jauría de perros bien adiestrados.
—¿Quién era ése? –preguntó la condesa.
—Don Álvar Pérez, castellán de Sabugal –dijo Lope.
