—¡Oh, no digas ridiculeces! Tus meñiques están encogidos, como los míos. Y en el lado derecho del pecho tienes una cicatriz en forma de hoz. ¿Te convence eso?
Él se la quedó mirando. Le trastornaba que esa extraña conociera detalles tan íntimos de su fisonomía. Y sobre todo le trastornaba que a él no le quedara otro remedio que creerla. Siempre había supuesto que se pondría a gritar de alegría cuando alguien lo reconociera. Pero ocurría lo contrario. Temía a esa mujer, ese lugar y a sus gentes, que Dios sabía lo que sabían y lo que esperaban de él. Pero ocultó su miedo y respondió con aparente tranquilidad:
—Supongo que no me queda otro remedio.
