Matt no le relató a Natalie su carrera con Maeve camino del trabajo. No era necesario, no era importante. Curiosamente, Natalie se había encariñado con Maeve tanto como él y ambos se habían erigido, en cierto modo, en sus amos, como si Maeve fuera un adorable e inofensivo cachorrillo. Los viernes por la noche, en el pub, procuraban sentarse cerca de ella para escuchar su melodioso acento y las extrañas palabras que utilizaba. «Tricota», cuando quería decir jersey; esa clase de cosas.
Un viernes por la noche, en la oficina, Nat pasó junto a la mesa de Matt. —¿Estás listo? —Diez minutos.
