Dublin. I8 de junio de 1988.
La carta llegó con el primer reparto de la mañana del lunes. Era la tercera en un montón de siete, entre una petición de microfilms y una invitación a lo que prometía ser una aburrida recepción en el Trinity College. A deducir del sobre, su remitente debía de ser una persona rica: el grueso papel, la letra discreta y propia de una persona educada, incluso lo informal de la firma le alertó de que allí había algo que se salía de lo corriente. No reconoció el nombre de la casa que encabezaba la página: “Summerlawn” .
