LOS HIJOS DEL CIELO


Habían transcurrido casi dos días desde el más espantoso tifón que recuerdo, y nuestro barco se había convertido en un esqueleto negro y amputado. Me encontraba acurrucado contra lo que quedaba de los restos de la toldilla, la vela de la popa, tratando de recuperar fuerzas. Todo a mi alrededor resultaba un completo desastre. Los vientos y el agua habían tronchado el palo de mesana, uno de los tres mástiles del buque, y el palo mayor estaba herido de muerte. Ahora nos rodeaba la calma, pero temía que en cualquier momento nuestro barco se fuera a pique. Y en ese momento alguien en la oscuridad comenzó a llamarme.