La escuela de Autun era una institución mucho mayor que el establecimiento del abad Rocco en Ajaccio, y Giuseppe y Naboleone la contemplaron con una mezcla de sobrecogimiento y temor mientras cruzaban la verja seguidos de un mozo que llevaba sus baúles. Él les indicó el camino hacia la sala de profesores, situada a un lado del imponente vestíbulo de entrada.
Naboleone se acercó a la puerta y llamó con unos enérgicos golpes sobre el reluciente barniz. La puerta se abrió y el niño se vio frente a un hombre alto, de aspecto severo, vestido con traje oscuro y medias. -¿Sí?
-Soy Naboleone Buona Parte -dijo Naboleone con su mejor francés-. Este es mi hermano, Giuseppe.
El hombre frunció el ceño ante aquel chirriante acento. -¿Cómo dices? Naboleone repitió su presentación y el hombre pareció entenderlo un poco mejor al
segundo intento. Se dio la vuelta hacia la sala de profesores. -¿Monsieur Chardon? Creo que éstos deben de ser los chicos que esperaba. ¿De
Córcega? -Sí -respondió Naboleone-, De Córcega.
