Percy llegó al primer puente y se detuvo. Apoyó la bicicleta en la barandilla. Desde allí no podía ver la casa, el bosque la ocultaba. No la vería hasta llegar al segundo puente, más pequeño. Se asomó al borde y observó el arroyo poco profundo. El caudal susurraba y se arremolinaba en el tramo más ancho, vacilaba antes de adentrarse en el bosque. La sombra de Percy Blythe, que se recortaba oscura en la claridad con que se reflejaba el cielo, ondulaba plácidamente en el centro.
Más allá estaban los campos de lúpulo donde aquella calurosa tarde de verano había fumado su primer cigarrillo. Ella y Saffy reían nerviosas ante el paquete robado a uno de los amigos más pomposos de su padre, que entretanto asaba sus rechonchas pantorrillas junto al lago.
Un cigarrillo.
