LA CANCION DE LOS MAORIES


—Es extraño que canten a la luz de la luna —dijo reflexivo William—. Como si fuera un bosque encantado.
—Yo no llamaría cantar a ese griterío... —Elaine tenía poco de romántica, aunque se esforzaba. Se acercó discretamente a él.
—Ese griterío es una canción de amor para las hembras —observó William—. La cuestión no reside en lo bien que se hagan las cosas, sino en para quién se hacen.
El corazón de Elaine se desbocaba. ¡Era obvio que él lo había hecho por ella! Sólo por su causa había renunciado a un trabajo bien remunerado en la dirección de una granja de ovejas para desempeñar tareas secundarias con su padre. Se volvió hacia el joven.
—No tendría... Me refiero a que no tendría que haberlo hecho —dijo con timidez.
William contempló aquel rostro franco e iluminado por la luna, alzado hacia él con una mezcla de inocencia y esperanza.
—A veces no hay elección —susurró. Y la besó. La noche estalló para Elaine.