EL CORAZON HELADO


—Todavía no —respondí por fin—. Tengo que pensármelo.
No tardé mucho tiempo en clasificar el correo, una treintena de cartas entre las que había menos publicidad que sobres cuadrados de papel caro, escritos a mano, en los que identifiqué otros tantos pésames tardíos. Había también algunos recibos, que Lisette se quedó para archivarlos con los demás, y cinco cartas de distintos bancos, cuatro en sobres corrientes, con ventanita, y otra en un sobre cerrado, que abrí para descartar que contuviera la oferta publicitaria de un crédito, una cubertería de plata o un ordenador portátil. Cuando comprobé que se trataba de una carta personal de un asesor de inversiones, la guardé con las demás. Me despedí de Lisette con dos besos distraídos, silenciosos, y me marché a Madrid.
La carretera de Burgos estaba tan atascada que, a la altura de Alcobendas, tuve tiempo para comprobar que la fachada del museo interactivo con el que colaboraba desde hacía algunos años, ya estaba libre de las banderolas anaranjadas que habían anunciado durante un trimestre la exposición sobre Marte que nos había prestado un museo alemán. La próxima sería sobre agujeros negros, y la había montado yo solo. Estaba muy contento del resultado, pero eso no impidió que, mucho antes de llegar a Madrid, me encontrara pensando en la mujer del cementerio, como me sucedía, desde hacía casi un mes, en algún momento de todos los días.