EL DRUIDA CELTIBERO


—Mi gratitud es enorme, caudillo, no sé qué decir.
—Soy yo quien debe estar agradecido. Y no te preocupes, hombre, ya nos hemos dicho suficiente. Ahora bebe, deja que tu pecho se ensanche y disfruta de este momento.
Ávalos llegó acompañado por otros dos druidas que le asistían en todo. Enseguida se hizo cargo de la situación y felicitó al neófito con los abrazos rituales. Luego le besó en la frente y puso sus dedos índice y corazón sobre los labios de Giscón para hacerle una advertencia.
—A partir de ahora, deberás ayunar y beber sólo agua con el fin de preparar tu cuerpo y tu espíritu. Tienes que estar purificado para comunicarte con la diosa.
—Así lo haré, druida mayor.
—¿Sabes? Yo conocí a tu padre. Y también a tu abuelo, cuando aún este viejo druida no era más que un joven guerrero que no había encontrado la senda de la filosofía. Grandes hombres tus ancestros, hijo mío, grandes hombres.
Aún estuvieron departiendo largo rato, hablando de gestas pasadas y de cómo aquel formidable ejército de cincuenta mil guerreros que había logrado reunir Istolacio podía vencer al codicioso Amílkar y su hueste de temibles mercenarios.