—¡Dios mío qué es lo que he hecho!
Pero el sentimiento de vergüenza duró solo un instante. Lo conocía ya y sabía de qué forma sobreponerse. Con la sensación de acabar de despertarse de un largo sueño, se acercó de nuevo a los instrumentos para continuar con su trabajo. Tenía que hacerlo, tenía que conocer, tenía que aprender. Como decía el príncipe Cesi, estudiar la naturaleza era un deber hacia la humanidad y los nuevos conocimientos tenían que divulgarse a todos y de manera pacífica. Esto solo podía llamarse progreso, y seguro que Dios no podía ser contrario a ello. Tensó los músculos, respiró profundamente y, seguro de querer confirmar su hipótesis sobre la causa de la muerte de la joven, decidió seccionar el hígado para observar de una vez por todas qué tenía que ver este órgano con el ir y venir de la sangre.
Fue en ese momento cuando escuchó un ruido de chatarra y el eco de unos pasos. Gerardo entró otra vez, estaba enojado.
