Uno de los maridos, loco de ira, se lanzó contra su esposa, le dio puñetazos y gritó que debería haber dado la vida antes que deshonrar a su familia.
—¡Ya no podré mirar a la gente a la cara! —rugía mientras tiraba del pelo a su mujer sin que esta opusiera la menor resistencia.
—Perdóname, por el amor de Dios... —gemía entre gritos ahogados—. Perdóname, padre de mis hijos. Míralos. Ten piedad de ellos...
Luego el marido se hizo con un trozo de madera, se abalanzó sobre uno de los bandidos y consiguió golpearle antes de que los demás lo sometieran. Lo apalearon durante horas y lo mataron esa misma noche. El bandido al que había golpeado le cortó la cabeza, la clavó en una pica y la paseó con orgullo ante los prisioneros, repitiendo que ese sería el castigo para todos los que se atrevieran a rebelarse o intentaran huir. Al final, cansado de blandir su trofeo, lo lanzó a los pies de la esposa maltratada.
