REBELDE


La Legión formó en orden de batalla a las cuatro y media, cuando una claridad fantasmal bañaba ya la cumbre de la colina y las sombras oscuras de las alturas más lejanas se oscurecían más y más, hasta que no hubo otra cosa que una tiniebla opaca en la que el brillo apagado de unos misteriosos puntos de luz sugería la posición de lejanos fuegos de campamento. Una tenue luz grisácea permitía adivinar que el paisaje más próximo estaba alfombrado de carros y carretas que daban a la escena un extraño parecido a un festejo campestre celebrado por la mañana después del servicio religioso, salvo por el hecho de que entre esas carretas se adivinaba la forma diabólica de las cureñas, las forjas portátiles y los cañones. El humo de los moribundos fuegos de campamento flotaba sobre las hondonadas como una neblina que se extendía bajo las últimas estrellas aún no desvanecidas. En algún lugar, una banda de música tocaba «Hogar, dulce hogar» y un hombre de la compañía B se puso a recitar la letra, sin cantar, hasta que un sargento le ordenó cerrar el pico.